Un hotel para sentirse en el fin del mundo. Un hotel, sin embargo, a tiro de huerta. Así es este hallazgo arquitectónico y pasmoso de las Bardenas Reales, un puñado de cubos aterrizados en mitad del desierto, en mitad de la más absoluta nada, como un poblado alienígena o como un conjunto de bunkers arrojados sobre tierra dura que esperan el momento de empezar a invadir un planeta ignoto. Menuda película… Pero es que el viajero vive de estas imaginaciones. El factor experiencial, ya saben.

El coche atraviesa Tudela y levanta polvareda al internarse en los primeros kilómetros de ese paisaje desolado que en breve se elevará en inverosímil morfología geológica. Antes de llegar a los churretes y a los tornados de arena, los cabezos que protagonizan uno de los parques naturales más insólitos, torcemos dirección camino de una montaña coronada por las siluetas de los molinos de viento. Pero unos cuantos cajones de frutas y verduras –ajá, ¿seguiremos en una de las capitales de espárragos, cogollos y alcachofas?- hacen que aminoremos marcha y saquemos una conclusión: se acerca la presencia de un hotel.

Así, como ‘de repente, un extraño’, Aire de Bardenas empieza a tomar forma y a exigir de nosotros que no pestañeemos. Nada nos puede pasar desapercibido. Una cerca apenas formada por los mismos palés de madera natural dejados atrás en la carretera dibuja el perímetro de una finca inusual compuesta por, primero parking, luego edificio de zonas comunes, acto seguido patio y después habitaciones-cubo. La lógica del recibimiento se desarrolla habitual en un pequeño mostrador, tal vez demasiado reconocible para el pasmo que llevamos encima y que todavía nos aguarda. Menos habitual y rutinaria resulta la cálida bienvenida por parte de Natalia y familia, a la postre corazón palpitante del negocio, que relata los usos y servicios del hotel mientras ejerce de lazarillo verbal para que el huésped no se pierda por el desconcertante pero emocionante paso señalético hasta los aposentos. Traspasados los cortafuegos a través de unos pasillos como sacados del Solaris de Andrei Tarkovsky y, una vez a la intemperie de semejante páramo, el camino se conduce por pasarelas de hormigón entre paneles de vidrio traslúcido que, de noche y cuando el cierzo pega, quedan churreteados de vaho formando dibujos inquietantes. En este paseo, la totalidad del hotel se da a entender: nos encontramos en un campamento de arquitectura paisajística, en uno de esos hoteles fragmentados que tan bien posan en las revistas de tendencias. Y será por posados los del Aire de Bardenas, estrella del videoclip, del reportaje y de la promo, aunque sea como actor secundario de lujo y con carácter que, en el fondo, siempre son los mejores. Sin embargo, no es por estas actuaciones por las que atesora incontables premios –suponemos que los responsables sí llevarán la cuenta- como pocos hoteles, sino por el indudable valor de un proyecto arquitectónico que es el orgullo de dichos papás, los arquitectos Mónica Rivera y Emiliano López.

Por fin a las puertas de nuestro cubo en primera línea de desierto, si es que nos ha tocado en suerte y no tenemos la llave de una habitación abierta sin más a un demasiado aburrido patio con arbolito frutal y bañera de hierro, nos atenaza la incertidumbre de qué nos deparará el interior. Una vez resuelta, el chasco de comprobar que el búnker sellado y a prueba de apocalipsis ventoso esconde una habitación tan cómoda como insípida –con buena ducha, eso sí- se trueca en la reafirmación que a lo que se ha venido no es a encender la tele –mal resuelta con brazo móvil en el ventanal- sino a tomar posiciones frente al espectáculo de ahí fuera. En la cama, o tumbado en la “ventana habitable”, el espectador se introduce en el paisaje y contempla el horizonte reencuadrado en una pantalla transparente, real. La imagen del morro saliente y la bañera exterior sobre el mar de piedra desnuda y con vistas al campo de trigo es demasiado poderosa como para perder el tiempo con menudencias. Al Aire de Bardenas se viene a suspirar, a mirar, a levitar, a no perderse un átomo de la nada. Como esta actividad puede provocar gusa, el huerto del hotel provee de las mejores materias primas para no desfallecer. Después de los huevos del desayuno, de la menestra o de las migas del pastor servidas en el muy bien iluminado comedor, otra vez a la posición de partida, no sea que nos quiten el sitio. Aire. Tierra. Agua. Ustedes ponen el fuego.