En él nunca se hospedarán los rastas que venden sus pulseras de cuero en el paseo marítimo de San José o que se cuecen a tercios en La Bodeguiya de Las Negras. Difícil es olisquear en su bar de la piscina el aroma de esos cigarrillos felices que humean entre las roulottes y a pie de calas empedradas. Pero oye, cómo gusta al turista occidental –al que escribe, sin ir más lejos- este hotel, tan rara avis en un parque hotelero, el del Parque Natural del Cabo de Gata-Níjar, abonado al hotelito rural con encanto y al hotel cortijero almeriense. Pero no se me escandalicen, el turismo de bajo impacto queda a salvo en Calagrande. Contemplen su arquitectura integrada.

Y no es que no tenga encanto el hotel, es que se postula encantador con unas dimensiones cuyo nombre le delatan, en contraste con las del Cala Chica, su hermano pequeño aunque más veterano desde que el Grupo Cala (‘hoteles con encanto natural’) lo pusiera en marcha al principio de la misma calle. Los dos nos valen –los parajes a los que aluden hay que encontrarlos entre las playas de los Genoveses y de Mónsul-, no hay por qué pelearse, ambos quedan recomendados, pero el poder balsámico del que nos ocupa nos hace ser fieles y claudicar ante la evidencia. Si no nos creen, asómense a cualquiera de sus terrazas escalonadas que de por sí ya amortizan el precio de la habitación pues tal vez estemos ante las mejores vistas hoteleras del Cabo de Gata. Ustedes verán.

Antes tendrán que emprender el descenso lunar por la sierra negra, ya internados en un paisaje de puro desierto de pitas y rodamundos más allá del caso Algarrobico, y enfilar a toda mecha los toboganes de la carretera que muere en Las Negras, pueblecito de leyenda pesquera y noches de buganvilla y bullangueras, en las que los piratas ya no se divisan, se les embriaga.

Aunque parte de la continua expansión urbana del pueblo, el hotel no se anticipa ni se hace notar porque ante todo respeta. Ese respeto a los bancales todavía útiles y a las casas vecinas de pulcro encalado hay que debérselo en parte a la sensibilidad del arquitecto madrileño Pablo Moreno Mansilla, autor de algunas otras obras de similar ejecución en el mismo pueblo. Pero ninguna como la de este edificio rotundo a la vez que ligero, blanco como no podía ser de otra manera –lleva tiempo pidiendo una nueva mano de encalado- y rodeado de un murete de roca rojiza que demuestra carácter. Todo en él es geometría, líneas y cuerpos sólidos por los que se desliza la luz mediterránea, volúmenes perforados en donde se descompone en juguetones haces que clarean y sombrean según el sol avanza. Cegador a veces, refrescante y apetecible siempre, el hotel es una invitación constante a encontrarle la cara más fotogénica, de tan bien que posa.

Su lado más sensual, una lámina azul cortada en dos y rellenada de agua por una cascada en un solárium que es maná caído del cielo en mitad del salvaje oeste. Perdón, en mitad del salvaje Cabo de Gata. Una piscina como esta, rodeada de un jardín de cactus y un breve césped bien afeitado, con unas tumbonas que piden a gritos “¡otro gintonic, por favor!” y unas vistas cortadas del Cerro Negro y el mar, significan ni más ni menos que lujo del bueno. Sin reverencias ni formalismos. Simple potencia zen que se prolonga al spa, muy completo y delicioso en su sentido del minimalismo que por momentos nos recuerda las piletas y la geometría radical de Les Bains del Docks de Jean Nouvel. Cosas mías.

Si no está el horno para tanto vapor de agua, de la piscina y del bar bajo la pérgola nos retiramos toalla en mano –de las buenas, de las que secan- a nuestros aposentos no sin antes sentir el frescor agradecido de unos interiores que cantan a hotel boutique: las butacas naranjas Jacobsen, la ausencia de referentes ornamentales, la sucesión de espacios diáfanos, la utilización de la luz artificial, las cristaleras que se apropian del baño de sol y que encuadran los patios de cantos rodados de inspiración japonesa… El escozor abrasador del secarral exterior cortado en seco. Este efecto after sun es precisamente el que aplican a sus huéspedes unas habitaciones cortadas con escuadra y cartabón para dotarlas de una estética urbana, todas exteriores y mirando al mar soñé... Las preferimos a las villas redondas del jardín porque tenemos claro lo que pide el cuerpo: máxima comodidad, buena temperatura, vistas tremendas. De la potencia del wifi gratuito mejor pedir cuentas a otros, el hotel poco más puede hacer. Pero las prestaciones tecnológicas, la limpieza, la amplitud del dormitorio, la cantidad de puntos de luz, la sencillez bien entendida, el tacto agradable de los materiales sufridos hacen que el concepto de hotel de playa cambie, y a mejor. Una cama diez como eje rotatorio. Un cuarto de baño con una ducha que puede ser abierta. Un ventanal total que separa una terraza que iguala en dimensiones a las de la estancia y que se convierte en objeto de deseo para otear el horizonte sin barreras. Algo de dejadez en el mantenimiento general no empaña la experiencia de recibir el amanecer con los brazos abiertos. Qué son estos pequeños desperfectos y falta de mano de pintura si además nos espera un desayuno bufé de campeonato, con zumo de naranja natural -¡ojo con eso!- y jamón más que potable.