Fue hace tiempo pero queda en la memoria. ¡Cómo olvidar aquel viaje a la caza del radicalismo hospitalario! Precisamente cuando empezaba a aventurarse el camino hacia hoteles conceptuales –o experienciales- había que acudir a la llamada silenciosa de un hito puesto en funcionamiento en Olot a la sombra de la masía (supuestamente) tradicional en la que Fina Puigdevall llevaba tiempo dando de comer -con el visto bueno de la Guía Michelin incluido- a base de buen huerto. Ya sabíamos del reclamo refulgente de su comedor firmado por el estudio local de arquitectos RCR (Aranda, Pigem i Vilalta). El impacto de la expo en el MOMA había corrido como la pólvora. Así que todo quedaba en casa; Fina hoy ya tiene una segunda estrella y celebró los 25 años del restaurante. Y lo que le queda.

El hito en cuestión consistía en ser uno de los pocos hoteles capaces de subvertir los cánones de la ortodoxia hospitalaria. Pero subvertirlos de verdad. Las expectativas no podían ser más altas pero el alarde funcionó. Nada de dejarlo todo a la puesta en escena o a la teatralidad; si las normas se retuercen, la chicha es vital. Por eso, la liturgia de bienvenida tiene su miga, en un espacio desnudo y abstracto, apenas iluminado por unas velas que rodean la presencia de las coles sobre un mostrador testimonial. El ritual libera al viajero del antes y lo prepara para el después, aunque no a todos les despoja de prejuicios. Aun así, antes de descubrir el misterio, hay instrucciones verbales de convivencia, accesos y códigos. Un check-in raro, raro… Pero hay un ¡eureka! En todo hay un clic.

Es que si no, ¿cómo caer del coche y del paseo por Olot directamente a un paisaje irreal sacado de una lógica japonesa de ciencia-ficción? No se entendería. Así, el viajero todavía desnortado empieza a asimilar la llegada a un hotel que no tiene recepción y que tal vez no tenga nada que pueda reconocer como tal. A lo mejor no hay ni hotel que llevarse a la boca. Se empieza a oler lo peor, pero la aventura es la aventura. Y así, hágase un jardín de vidrio que le estalla en sus manos. No puede dejar de sentirse algo ridículo paseando su trolley por los pasillos inusitados como esperando un susto de Humor Amarillo. Pero la obra de RCR no asusta, simplemente deslumbra. Para qué resistirse, hay que dejarse llevar por esa misma simpleza…

En alguna parte de estas pasarelas metálicas espera uno de los cinco pabellones entregados al huésped. Desde fuera, todo es confusión. Una vez dentro, la verdad adquiere forma de habitación de hotel. El engranaje Les Cols, a pleno rendimiento. Descripción rápida: una urna de cristal con un jergón en el suelo –vale, una colchoneta de tiras al estilo nipón- y nada más; de frente, la visión del engawa privado–el patio interior para no salirnos de Japón- en donde se recrea un lecho de lava sinuosa como recordatorio de la tierra volcánica de La Garrotxa. Sanseacabó. ¿Ya está? Bueno, está el cuarto de baño, un ala del pabellón convertida en zona de aguas zen, con una pila-lámina por donde fluye el líquido elemento y una poza de cantos rodados en donde ducharse y zambullirse. Todo verde esmeralda, todo sumido en un infinito juego de espejos, de luces y sombras, de iridiscencias y reflejos, de cálculos tridimensionales y despistes y alumbramientos sensoriales. Las capas de la empalizada, las cañas y los juncos de vidrio y butirol hacen que lo orgánico se funda con lo artificial. Queda la habitación al descubierto, pero nada expuesta a las miradas vecinas. El efecto voyeur es de dentro hacia fuera, está controlado por estores automáticos e invita a la contemplación del cielo en noches estrelladas. El huésped en la soledad de su cubículo. La mejor pantalla de cine se proyecta en el firmamento. Fuera distracciones, más allá del calor humano de una experiencia única compartida.

Por si hemos olvidado dónde estamos y qué somos, el desayuno llama a la puerta del pabellón cada mañana. Toca tirarse al suelo a engullir las sabrosas viandas con los pinreles colgando sobre el engawa. Termo de café, zumo natural, tomate, queso y fuet. Todavía conservo la navaja que nos facilitaron para prolongar el picnic a la catalana en las calas del golfo de Roses. Así me convierto yo en un radical de los hoteles.