CaeaClaveles_1Partimos de Llanes y, con la autovía en el retrovisor seguramente chorreado de l’orbayu, nos adentramos en el camino que encuentra pedanía a pedanía, primero a La Pereda y después un portón de metal que es lo que empieza por diferenciar este de cualquiera de los otros lugares vecinos, sean casonas de indianos hechas también hotel, sean fincas verdes, muy verdes como la que nos ocupa, pero sin el trazo a mano alzada tan preciso y singular que la define.

Está claro, la casa de invitados –sí, una guesthouse mejor que hotel- de la artista plástica Emma Fernández Granada es diferente a todo. Para empezar, porque es también su propia residencia y al mismo tiempo su taller de trabajo. Para continuar, porque la gijonesa se lio la manta a la cabeza y salió escopetada de la sierra de Madrid con destino a dar un vuelco a los esquemas preconcebidos durante generaciones en el imaginario popular asturiano. Se fue al campo, sí; a su campo, de acuerdo; pero con sus propias condiciones. Investigó y eligió al joven tándem de arquitectos Víctor Longo + Esther Roldán, ambos además de la tierrina, para dar forma a sus sueños más poéticos que una vez la obra echó a andar vio evocados en una lluvia fina en la que quiso ver claveles cayendo del cielo. Superados el sinfín de trámites y engorros administrativos contra los que ella siempre ha querido rebelarse, ¡pam! Premio Asturias de Arquitectura 2012 y mención especial en la revista Monocle dentro de un monográfico sobre España. Pues sí, prueba superada, ¿no? Y a quien no le guste, ya se acostumbrará. O no, qué más da.

Aun así, Emma todavía tiene dudas sobre el primer impacto en el visitante. Puede estar tranquila, las expectativas se ven colmadas después de aparcar el coche y empezar a pisar la curva de acceso dibujada en la pradera verde en mitad del bosque. La línea verde remonta una pendiente hasta elevarse sobre la casa de los desvelos y formar su cubierta vegetal proyectada al paisaje. Todo hierba, abajo y arriba y, entre medias, el cuerpo discreto que encuentra acomodo con cerramiento de vidrio y una losa de hormigón en forma de hélice que ciega la total transparencia y marca la división de los espacios. Pues sí, se nos escapa un susurro pero un wow al fin y al cabo. El guau lo ponen las cuatro Bulldog francés -¿o eran más? y Manuel, un pastor alemán ya veterano, perrazo aleonado que entretiene sus tardes retozando con los niños de los clientes en el prau. La conversación, por su parte, así como mil y una atenciones, es cosa de Josetxu. Cuidado, pues exige tuteo si quieres verle en calidad de perfecto anfitrión y guía gourmet de paladar exigente. Participó como economista de profesión en los Pactos de la Moncloa gestados por Enrique Fuentes Quintana, pero su verdadera vocación es la de bon vivant aunque mal que le pese tiene que sudar los suyo para afeitar cada semana los casi 9.000 metros cuadrados de césped en desnivel.

Lo primero que hay que hacer nada más dejar la maleta en la habitación de Cae a Claveles es subir arriba, a la misma habitación pero por fuera, ascender la montaña verde por una rampa en espiral bien segada para evitar traspiés. Y es que la dirección no se hace cargo, el asomarse desde las alturas se hace bajo la exclusiva responsabilidad del huésped. Temerarios o niños graciosos, mejor permaneced abajo. Por lo demás, toda una experiencia dominar la Sierra del Cuera desde la cima de tu dormitorio. ¡Una conquista que ni Don Pelayo!

Desandando el camino, en la otra tierra firme desde el jardín y a través de las cristaleras, nada de maderas crujientes, nada de chimeneas humeantes, nada de flores secas ni estampados campestres, y es que en nada se parece a una mansión levantada con la fortuna hecha en las Américas. Esto es otra cosa. Arquitectura paisajística, filosofía sostenible. Fuera lo viejuno, viva el nuevo arte. Y el de Emma cuelga de las paredes. No hay calefacción, todo se encomienda al aislamiento térmico de los muros de hormigón y la cubierta vegetal. Bueno, hay un sistema radiante que en el fondo fue un error de concepción y que, como el no prever las máquinas de aire acondicionado obligadas por normativa de áreas comunes y que afean la fachada habitacional, suponen algunos pecados de juventud del equipo de arquitectos. Hay quien podrá pensar que las habitaciones más amplias son difíciles de templar en momentos de biruji y que, ante concepción más espacial y arquitectónica que decorativa, se sienten algo desabridas. Pero es lo que hay. Y es que la habitación más grande es realmente muy grande. Si hay suerte, entre semana la generosidad de la propiedad invita a un upgrade en toda regla sin que haya que proponérselo. Detallazo marca de la casa. Ya quisieran muchos…

En uno de los esquinazos bajo la pendiente, esta habitación se abre a una ducha de obra integrada en el espacio del dormitorio, tan inmenso que una pantalla de tele y una silla de diseño parecen excesivamente testimoniales. El color, que no el calor pues de metacrilato se trata, lo ponen unas Meninas psicodélicas y el resto de la obra gráfica de Emma. El cuarto de baño, excesivo también, aprovecha para colocar unas buenas estanterías de almacenaje pero se pierde al colocar un triste bidé que, la verdad, merecería ser aniquilado a martillazos ante tanta modernidad y vanguardia tectónica. En cuanto a la navegación, tratamos con un wifi más débil que el pulso del señor Barnes. Olvídense, apagón, por una vez se sobrevive, háganme caso.

Ya amanecidos, es abrir la puerta del dormitorio y encontrar la mesa puesta con un desayuno rico y nutritivo. Brocheta de fruta, magdalenas, tostadas de hogaza con mermelada y mantequilla, frasca de zumo recién exprimido, huevos revueltos, tostas de salmón con salsa de mostaza y miel… La mano de Josetxu. No es la de su amigo Pedro Subijana pero en algo se tiene que notar que el hombre es de Getaria. Si tienen suerte, catarán su tortilla de patata. Si tienen más todavía, les dará su receta secretísima.
Las horas pasan y la nube espesa permanece atravesada en el muro vertical de Cuera, granítico en sus alturas, verde perenne en sus contrafuertes. Como una amenaza constante. Hay que ser muy duru para ser de Asturias. Rodeados de selva atlántica, queda subir a la cubierta de noche porque allí las estrellas están un poco más cerca. Hemos conquistado nuestra montaña.