20130324 160254 from Miguel Ángel Palomo on Vimeo.

The future is now! Si uno juega en la división de los exploradores de hotel, de esos que olfatean el rastro de la última raza avistada en hábitat exótico, no puede perderse este ejemplar único en su especie. Conocíamos de la existencia de una marca que se dejaba ver en algunos aeropuertos del mundo, se hacía llamar Yotel y tentaba al viajero en tránsito con su fórmula de futuristas habitaciones-cabina. Al estilo de las famosas cápsulas japonesas que tanta curiosidad siguen suscitando todavía entre la impresionable población occidental. Algo parecido pero más guay y menos extremo, con más espaciosidad y más diseño refulgente. Que si los aeropuertos de Gatwick y de Heathrow, que si el de Schiphol, que si mucha bulla… Pero ta-chán, he aquí que les dio por salir de este ecosistema y lanzarse a la selva de asfalto más célebre del mundo: Manhattan. Y allá que fuimos con nuestro cazamariposas.

Lejos de suavizar los postulados, el Yotel neoyorquino es radical en casi todo, con la tecnología como arma de seducción funcionando como piedra filosofal. A un paseo de Times Square y en las inmediaciones del cada vez más reflotado barrio de Hell’s Kitchen -sí, aquí pestañeas y te han reflotado el Titanic- encuentras la fachada juguetona -y es que bien podría pasar por la de una megastore manga- de un Yotel que se anuncia de noche en colores fluorescentes. Como es un hotel y esto no deja de ser Nueva York, su puerta giratoria invita a traspasarla. Bienvenida al primer gran ooops.

Este deliberado vacile previo, un juego más del arte del despiste mercadotécnico, deviene en mirada alucinada si uno no se ha precavido antes. Llegamos a un lobby distinto a cuantos hemos pisado, una criatura inédita se muestra ante nuestros ojos. ¿Dónde está el personal de recibimiento? ¿Dónde el mostrador de recepción? ¿Mande? Pero en seguida el viajero se recompone la figura maltrecha por el shock conceptual y asimila que esa sucesión de terminales dispuestos a un costado le van a servir para gestionar su check in, si no lo ha formalizado antes desde su smartphone que, a buen seguro, está más familiarizado que usted y que yo con el lenguaje Yotel. Pero esto no es todo, nononono, todavía hay más aunque ya lo habrá advertido el que ya es huésped si antes ha girado la cabeza a su derecha y ha creído ver un armatoste pesado moviéndose al compás del hilo musical al otro lado de una enorme pecera. Es su mozo de equipaje, muy señor mío, un robot sin cara ni ojos pero que trabaja a destajo en la custodia y entrega de las maletas. Uno deposita su trolley en la bandeja y el diligente operario inanimado bautizado como Yobot acciona su brazo inteligente para confinarla en una taquilla individual correspondiente. La magia de la técnica rentabilizada en un espectáculo en vivo y en directo que, mientras garantiza la seguridad de las pertenencias queridas al ofrecerse con suma transparencia, convierte el vestíbulo en un aséptico show de varietés del siglo XXI. No puede gustarnos más. No hay calor humano, no hay una sonrisa, no hay… No, el lado social de Yotel Nueva York es otro.

El contacto con otros individuos de nuestra especie, además del roce con los curiosos en el lobby, se practica ascensores arriba -lo son, aunque puedan confundirse con teletransportadores- una vez tenemos confirmadas las credenciales de acceso. Aunque no hay exclusión y el hotel en el fondo está abierto a todo el público. A todo el que quiera subir hasta la terraza, queremos decir, que es el principal espacio de convivencia y no es para menos, pues alardea de ser la mayor de todos los hoteles de la ciudad. Háganse idea. Nueva York no tiene pocas terrazas de hotel y ésta pasa por ser tamaño XL. Va a ser que en las cabinas de aeropuerto no encontramos tanto desahogo. Y han dado en el clavo, con el buen tiempo las almas nocturnas la habitan con fruición. Gente guapa, un must, un hotspot y todas esas cosas.

Pero el Yotel es Yotel porque también reserva sus dosis de alto diseño en el reservado habitacional. Algo más que meras cabinas es lo que le depara al huésped en su intimidad de hotel. Da igual que sean de un tamaño o de otro -en cualquier caso, todas permiten permanecer erguido, que ya es algo-, que tengan literas o terraza exterior, todas son un impecable ejercicio de estilo con esquemas a medida, superficies blancas y reflectantes, materiales sintéticos e iluminación flúor. Por no hablar de lo invisible: un wifi a propulsión. Enorme interpretación del aprovechamiento espacial. Enorme atractivo. Enorme estética. Enorme confort tecnológico. Enorme experiencia. De eso se trata, sea en un hotel decimonónico, en una yurta mongola o en un hotel futurista en el corazón de la Gran Manzana.