PalauVerd_1Verde que te quiero verde. Y Naranja… Bueno, y naranja casi te quiero más.

Cuando a uno le miman, tampoco se necesitan grandes oropeles. Con un par de buenos detalles, suficiente. Los hoteles, a veces, se significan por pequeñas cosas que, por su intención y suma, hacen que su categoría deje obsoleta toda catalogación administrativa. Poder hacer correr cada mañana el grifo del zumo de naranja es, aquí y en cualquier rincón del planeta, un lujo sin igual. ¿Nos acordamos de cuando en los grandes hoteles de leyenda nunca faltaban jarras y jarras de refrescante y reciente néctar? Los mejores desayunos empezaban siempre así, y hoy tal práctica nos parece perdida en el tiempo, cosa de viajeros nostálgicos, una costumbre venerable pero en peligro de extinción.

Pues quién osaría aventurar que el Levante -sí, todavía fértil donde el asfalto y el hormigón no han conseguido alcanzar, todavía abonado a tropecientas hectáreas de naranjales y huertas frutales- escondiera un oasis de sencilla hospitalidad, de pequeños números y de zumos naturales a chorro. Llegue a Dénia, pase de largo sin hacer mucho caso -ya habrá tiempo- y encuéntrese a las puertas del parque natural del Montgó, en esa rareza que a mí me sigue pareciendo Les Rotes. Sólo allí hallará un secreto Only Adults, un hotelito tranquilo y muy poco palaciego llamado Palau Verd. Puede que repita.

Rectificamos, en realidad Palau Verd sí responde a tal condición, a la de un palacete del siglo XIX que perteneció a un general napoleónico, un pequeño y discreto edificio bajo perfectamente camuflado entre pinares altísimos y palmeras con su fachada repintada de verde. Esta casa principal acoge recepción, bar y salón, y en el piso superior y accesible desde el exterior, desayunador radiante para no perderse ni una migaja del bufé, bien provisto de fruta fresca, panes tostados y mermeladas de importación. Las habitaciones quedan reservadas a una L contigua también de apenas dos plantas, con las suites a nivel de calle para dotarlas de generosas terrazas con tumbonas. Poco que reseñar aquí, salvo el apunte de una necesaria puesta a punto y una actualización en su mantenimiento. El resto, simple y sufrida comodidad playera y aire acondicionado a pleno rendimiento.

Por lo demás, la Casa Verde tiene una pequeña pero muy socorrida piscina con cascada de runrún efecto mantra, rodeada de tumbonas blancas y hasta una cama balinesa para favorecer el selfie en pareja. El chapuzón frente al coloso Montgó es un plus, aunque el pobre esté todavía recuperándose de un verano fatídico en llamas. Parapetada por el jardín, una jaima de aires orientales -¿o son ibicencos?- es sin duda la opción más feliz para los menús mediterráneos a base de gazpachos y pescados de la reserva marina, para las paellas y las fideguás literalmente de premio provincial. Continúa la sorpresa ante tal festín veraniego. Difícil pedir más en media pensión. Bueno, un buen gintonic de noche al fulgor de las velas. Y eso también lo tenemos en Palau Verd. Cuán reconfortante es saber que a la mañana siguiente el robot exprimidor sacará sin fin líquido reponedor…