Vivíamos por encima de nuestras posibilidades, flotábamos en la burbuja del segundo pelotazo inmobiliario español y mirábamos a los ojitos a los mercados emergentes. Cuando empezábamos a reconocer la gracia del turismo mexicano –la de la explosión indígena y multisensorial, la del surf en Baja California y la del chapuzón en cenotes color turquesa- nos atrevimos a compaginarla con maldita la gracia de desayunar cada mañana violencia cruenta del narco. Pero es que la aventura incluía comprobar de primera mano uno de los nuevos hoteles que más nos ponían por aquel entonces. Algo decían de una cadena en México de hoteles bonitos a rabiar, de una piscina tremenda en la azotea antes de que nos salpicara hasta las cachas la dichosa moda de las piscinas en las azoteas de los hoteles, de una transformación fabril muy cuca cuando eso de la alianza entre lo hipster y lo industrial era mero tufillo en lontananza. No podíamos resistirnos a traquetear en calesa el empedrado de la muy colonial Puebla y bajarnos en la mismísima puerta de ese hotel con firma ilustre, la del arquitecto Ricardo Legorreta, y cuyo nombre responde a La Purificadora. Qué bien que lo hicimos.

Contábamos con el siguiente perfil de hotel: en la primavera de 2007 se inaugura en la zona peatonal del Centro de Convenciones Paseo de San Francisco de Puebla un hotel boutique adscrito al grupo Habita –lo decimos ya, la mejor cadena del país con golosinas tales como el Downtown Beds o el CondesaDF en Ciudad de México, el Endémico en el Valle de Guadalupe, el Deseo en Playa del Carmen, el Boca Chica en Acapulco, el reciente Casa Fayette en Guadalajara o el Hôtel Americano de Nueva York-. Como parte de un plan global de revitalización del centro histórico, el proyecto hotelero fue adjudicado a Ricardo Legorreta e hijo que, asociados al equipo de Serrano-Monjaraz, volcaron la antigua fábrica de aguas minerales, hielo y bebidas de sabores La Superior de Puebla, fechada en 1884, hasta conseguir un hotel de vanguardia que sigue siendo hoy referente de adaptación arquitectónica.

Todavía faltaban algunos años para que Legorreta padre nos dejara para siempre, pero cuando el verano de 2008 franqueamos la entrada no pudimos más que rendirnos a la evidencia de su maestría incontestable y presente en otros esquemas hoteleros: Camino Real, en el DF (1968), Cancún (1975) e Itxapa (1981) y, por supuesto, Sheraton –ejem, perdón-, Meliá Bilbao (2004). Sin embargo, aquí supuso un reto arqueológico industrial añadido, pues durante las obras se encontraron botellas de vidrio del siglo XIX y otros materiales originales de la antigua fábrica que se recuperaron, catalogaron e integraron en la ambientación del nuevo hotel. Maderas naturales, lajas de piedra, remates de ónix poblano, y aplanados de yeso… Lo dicho, antes de la fiebre del mercadillo.

En La Purificadora, el sello Legorreta + Legorreta se adivina en la simplicidad de los volúmenes, en las sombras proyectadas por los muros altos y en la sobriedad de la paleta de colores empleada, con pocos pero intensos tonos y de gran contraste (negro, blanco y púrpura). Y como sucede con todas las arquitecturas de Legorreta, el proyecto de rehabilitación de la antigua planta embotelladora y purificadora de Puebla esconde un hilo conceptual que, en este caso, hace referencia al agua, presente en una piscina show-swimming (natación a la vista), en el discreto salto de agua que discurre junto a la escalera principal y en el estanque interior.

Tal y como sucedía en las casas coloniales poblanas de antaño, los espacios de La Purificadora se estructuran en torno a un patio en forma de L. ¡Pero qué patio! Pared ruinosa original, escalera al cielo estilo Chichén Itzá y chimenea minimalista y escultórica descolgada desde las alturas. En planta baja semidescubierta, vestíbulo-librería, sala de lectura, bodega y restaurante abierto al patio y con vistas contrapicadas a la torre de la iglesia de San Francisco.

Esquemáticas y luminosas, como es preceptivo en los trabajos de Legorreta, las habitaciones se distribuyen entre el primer y el segundo piso, muy a escala humana. Todas regalan un espacio bien sobrado para una cama de tamaño regio, mobiliario de diseño contemporáneo, mesa de trabajo, pantalla plana, telefonía Bang & Olufsen, puertos para iPods/iPads y un minibar adosado a la pared hasta arriba de chocolates, refrescos, bebidas energéticas y licores. Que si un Veuve Clicquot Ponsardin, que si un tequila Don Julio, que si un Chivas Regal 12 años. Además de aguas Perrier, Oxygizer y Acqua Panna, que para eso dormimos donde dormimos. Separados de la alcoba por un paramento de vidrio esmerilado, los aseos ofrecen como pieza central una ducha generosa con banco en donde sentarse a reflexionar. El servicio cosmético, marca Kiehls. Y, de paso, unos balcones a modo de trampolines para saltar sobre los jardines contiguos que, de noche, son habitados por centenares de grillos cantores que no saben de niveles decibélicos.

Pero quién quiere dormir cuando la movida se despereza en la azotea. Aunque, para qué engañarnos, tampoco es que cunda mucho si a la una de la madrugada empieza la recogida. Así que por eso hay que aprovechar y no salir de la alberca de calle única porque la propuesta arquitectónica rompedora en La Purificadora es su piscina panorámica y transparente instalada en lo más alto, junto al bar. Prohibido no instagramear la inmersión con el campanario de fondo. Hey, oye UNESCO: como la misma ciudad de Puebla, este hotel debería ser incluido ya como Patrimonio de la Humanidad.