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Un motel con aura. Si había que recorrer kilómetro a kilómetro desde el Pacífico la Tierra Prometida que John Steinbeck una vez bautizó, había que pernoctar en un alojamiento marcado con una equis en mi obsesivo mapa mitómano-hotelero: el motel en el que Gram Parsons murió, la santa casa en la que el cowboy espacial más especial dio su último hálito de vida. No podía escabullirme del plan, por lo que cerré mi reserva y me aseguré de que mi habitación elegida fuera la 8, la misma en la que fue encontrado el cuerpo sin vida del músico de Florida a causa de una sobredosis de morfina y alcohol. El Fallen Angel tenía apenas 26 años. Acudir a esta llamada pudiera considerarse casi un rito morboso, pero no lo es más que otros que incluyen cementerios o casas encantadas en sus itinerarios. Es lo que se llama turismo macabro. Aquella fatídica mañana del 19 de septiembre de 1973 fue detonante de una espiral de acontecimientos delirantes propios de un guión a lo Spinal Tap, a lo Hunter S. Thompson o, como cuando la realidad se impone a la ficción, extraídos de las mentes adulteradas de su colega Phil Kaufman y compañía. Una historia que incluye el robo del cadáver y su disparatada cremación ataúd abierto mediante cinco galones de gasolina en Cap Rock, en mitad del Joshua Tree, como empecinada e ilegal aventura nacida del deseo del mismo Parsons. Si el fan tiene alguna laguna de aquella peripecia, puede echar mano de su mesita de noche. Allí la encontrará detallada y archivada junto al libro de dedicatorias que acumula recuerdos, citas y recordatorios de los huéspedes que van pasando por la habitación. Allí dejé la mía, para ser sepultada por las siguientes.

Sin salir de esta estancia, convertida en todo un santuario rendido a la memoria del joven Flying Burrito Brother, hay algo más que mera superposición de memorabilia. Sí, pósters, fotos y afiches decoran una habitación de motel de desierto a la vieja usanza, de los años cincuenta, forrada en madera, con ventilador de aspas y terraza trasera, pero lo intangible es esa electricidad concentrada y desatada en cuanto uno se prepara en el equipo de música ad hoc un cóctel de GP o Grievous Angel. La atmósfera carga directa a la piel que se eriza como cepillo de alambre. Es a esto a lo que hemos venido. Será morbo, será sugestión, será magia potagia.

Pero todo en el Joshua Tree Inn está tocado por la misma varita. La misma llegada por la carretera que bordea el Parque Nacional en dirección Palm Springs, una vez se ha recorrido la 66 a través del desierto de Mojave. El luminoso de la entrada. El patio común. El jardín de cactus con improvisados monolitos hippies. La piscina abierta al paisaje desolado en el que las siluetas de los árboles Joshua se recortan en el horizonte. Cada detalle sin aparente importancia, cada cascabel, cada banco de madera, cada flor. Un hotel en el que perderse al menos una noche, porque una sola noche será larga y, si se afina el oído, podrán escucharse los lánguidos acordes del Wild Horses como si Keef se apareciera para invocar el espíritu de su amigo caído. A mí me pasó.