Memmo Baleeira

El camaleón también hace surf. Faltaría más, ¡esto es Sagres, amigos! Pero es que en el mismo camaleón, la escultura que preside el lobby del hotel, un kung fu panda en miniatura surfea su cola. Imposible abstraerse a esta cultura, obsesiva y casi genética en el Parque Natural del Suroeste Alentejano y Costa Vicentina, una religión que contagia pero que tiene también sus sombras: las mechas californianas como principal desvarío estético. O ideológico, quién sabe.

Rodrigo Machaz es la cabeza visible de los hoteles Memmo, dos de ellos en Lisboa -el Alfama y el Principe Real-, el primero de todos en llegar localizado en la punta más meridional y occidental de la Península, abierto desde 2008. Ni que decir tiene que Machaz responde al perfil de sospechoso habitual: viajero incansable, espíritu libre, empresario de éxito y… ¡tachán! surfero. Aquí quien no es un animal acuático solo tiene una salida: el exilio. Como no nos cansamos de atravesar la dehesa extremeña en busca de la vecina y también tierra de conquistadores, repetimos visita tras meses antes haber dado cuenta de la hotelería low cost lisboeta y del Ecorkhotel de Évora. Esta vez tocaba Algarve y, entre algún que otro resort playero y sobre acantilados, chequear el tinglado puesto en marcha por el surfero campeón luso al que tantas ganas (positivas) teníamos.

Y lo primero que entendemos es que no tuvo mal ojo al elegir el antiguo Hotel da Baleeira, todo un referente de hospitalidad desde su inauguración en el año 1962. Sobre el puerto de pescadores y con las islas de Martinhal al frente, Rodrigo Machaz quiso aprovechar el enclave estratégico y el bagaje de este clásico para insuflarle además sus propios recuerdos de infancia. Mem(m)orias –es decir, recuerdos- y el camaleón como icono del que aprender su capacidad de adaptación. Ya está explicado el nombre del hotel.

La mezcla de ingredientes resulta, a priori, estimulante. Referencias viajeras -también al antiguo establecimiento- y, para empezar, la arquitectura blanca, minimalista y adaptada al paisaje de Samuel Torres de Carvalho, arquitecto con sede en Madrid. El edificio se desdobla en un tapete verde perfectamente rasurado sobre el mar y el horizonte. Esta orientación permite que extraiga luz natural desde primera hora, con el amanecer puntual asomando y desperezando la vida en unos interiores acristalados. El mejor despertador para las habitaciones, casi todas alineadas en estas fachadas en dirección oriental. Eso sí, el sol vuela y conforme se esfuma el verano antes desaparece esta iluminación privilegiada dejando en sombras elementos tan destacados como la piscina. Una pena porque el baño de tarde destempla. En cualquier caso, casi en efecto reflejo con el hotel Martinhal al otro lado de la playa homónima, sabe valerse del entorno que en Sagres culmina en su fortaleza amurallada –imprescindible detenerse en el atardecer de playa de Tonel- y, más allá, en el Cabo de San Vicente, y sabe cómo hacer que sus huéspedes se mezclen en el paisanaje de un pueblo algo desabrido. A pesar de la afluencia turística, algo de decadencia lo protagoniza y hasta parece contagiar al hotel que, aunque muy blanco y respetuoso en sus tres alturas, ve afectada su pintura por la acción del viento inclemente y el poder corrosivo de la luz atlántica. Una mano de pintura se acabará imponiendo.

Pero es que del mar y su acción es imposible esconderse. No lo hace el restaurante acristalado, cuya mejor oferta llega en forma de pizzas –y de vinos locales en una generosa carta- sacadas de un horno de leña integrado en la barra del comedor del Fornaria. Cosmopolita, animado a casi cualquier hora, diáfano en continuidad con el lounge y la terraza a donde se trasladan las últimas copas antes de plegar la jornada.

Buen hilo musical de fondo. Un cuadro collage con la cara de Willie Nelson. Fotos en blanco y negro del antiguo hotel Baleeira. Muebles a medida. Compromiso artístico. Pocas pegas para un hotel familiar y playero, salvo un tema manido: la misma clientela española y su descendencia. No es la primera vez que reflejamos en este espacio las diferencias acústicas -no seremos nosotros quienes hablemos de educación- entre los churumbeles de ambos lados de la frontera. Ajo y agua. Paciencia infinita.
El descanso del guerrero –si ha habido surf no hay eufemismo alguno- toma contacto entre sábanas de lino egipcio, aunque el colchón elegido debiera ser menos blando. Más o menos grandes, todas las habitaciones se apuntan a una paleta monocromática y a una sencillez lógica para no distraer las vistas. Como si el minimalismo no fuera un fin en sí mismo, sino el medio razonado para asimilar lo esencial, la presencia magnética del Atlántico a un palmo de narices. Asomarse cada noche a los balcones es una rutina agradecida. Mañana se madruga y habrá que salir de nuevo a recoger el neopreno ya escurrido. Las olas no esperan.