Había que decidirse de una vez por todas y poner tierra de por medio con la mente puesta en cumplir el objetivo: dormir en un árbol. Pagando, se entiende. Las expectativas no podían ser más altas, teniendo en cuenta la buena prensa que había acumulado el hotel Pedras Salgadas desde su inauguración en el año 2012. Consulté a la providencia y a algún bloguero enterado y allá que fuimos con la esperanza de que, efectivamente, la experiencia mereciera la pena y, ejem, la inversión.

El viaje entre tinieblas que supone atravesar en invierno la frontera hispano-lusa por su flanco norte, Verín mediante, aporta la atmósfera oportuna a una inmersión total en la temporada baja turística. ¡Feliz consuelo, no esperamos ni rastro de gentío en nuestro paso por Tras-os-Montes! Con las primeras casas, de las cuatro que componen la freguesía de Bornes de Aguiar, camino de Vila Pouca y de Vila Real, comienza un murete que parece indicar la llegada a un destino que augura aún más retiro y soledad. Y cierta majestad, si se permite la expresión, pues no en vano estas Pedras Salgadas fueron morada salutífera del rey Carlos, allá cuando en el arranque del siglo XX el rollo balneario marcaba tendencia entre la gente elegante con ansias de mostrar a sus semejantes juventud eterna. Las aguas salinas eran la pócima secreta descubierta antes de levantarse el balneario a finales del siglo anterior y en las que desgraciadamente el huésped que escribe no pudo sumergirse para saciar sus ínfulas de tersura.

Y es que la actual casa balnearia, reformada y transformada en spa del siglo XXI por –su otra majestad- Álvaro Siza no se nutre de estos poderes curativos en las duchas y piscinas, sino únicamente en los tratamientos. Cachis, díjome. En cualquier caso, bien que nos zambullimos en la preciosa y simétrica alberca panorámica de techo multiprisma que pone broche a un edificio cuyos interiores, entre el minimalismo de los vestuarios y sala de relax y el art nouveau de la recepción, bien parecen sacados de la serie The Knick. Pero aquí no hay doctor Thackery que valga, el Pritzker de Matosinhos reina por sí mismo.

Antes del baño, la estancia comienza al otro lado del parque frondoso con un recibimiento en un discreto y algo desabrido pabellón de bienvenida. Desde él, y para alivio de los visitantes, un carrito de golf les conduce junto con su equipaje hasta la puerta de las habitaciones. Este recorrido motorizado –pero eléctrico- pasa por los distintos hitos del complejo: los jardines, las fuentes balnearias dentro de los quioscos, la piscina y el lago, el restaurante, el casino y el edificio del viejo hotel, sumido en la más absoluta de las decadencias cual caserón fantasma. Una imagen ruinosa casi más de Bruja de Blair que de romanticismo portugués. La empresa –Unicer, la misma que lleva el hotel Vidago Palace- sabrá pero da cosa pensar en las ratas que ahora deben ocupar las estancias del antaño flamante recinto hotelero. Porque no hay necesidad de tenerlo en tal abandono, porque contrasta demasiado con el perfecto estado de revista que presentan casino y bar, oculto éste bajo una montaña artificial fruto de una obra tremenda de paisajismo, mínimo impacto y vanguardia interior. Así sí, claro.

Entre los árboles centenarios y los paseos sobre avenidas de arena, se camuflan las doce cabañas ecológicas de madera y pizarra diseñadas por el arquitecto lisboeta Luis Rebelo de Andrade. Construcciones modulares de fácil ensamblaje e interiores limpios y de una confortabilidad que ríete tú de muchos cinco estrellas urbanos. Control domótico, baños con calefacción radiante, potitos Molton Brown y estores manuales en las muchas ventanas con las que hay que tener cuidado si no quieres pasearte en cueros a la vista de vecinos. Lo de menos es que los dormitorios sean algo sosos, casi de celda monacal.

Esta puesta en escena de interiorismo nórdico tiene continuidad en el plato fuerte de la fiesta: las dos treehouses del hotel. En realidad no son casas en los árboles sino casas que simulan ser árboles. El aspecto orgánico de estas bestias de madera elevadas sobre pilotes se toma desde la cola, una pasarela que muere en la cabeza de madera que da forma a las mini-habitaciones. Espacio comprimido y aprovechado al máximo con la cama encapsulada frente al ventanal, a vista de pájaro. Eso sí, la ecología tiene un precio: pasar frío en enero, ya que a esta altura cuesta caldear incluso una micra cuadrada. Objetivo cumplido. Brindemos con Água das Pedras. O con un buen espumante, mucho mejor. El bosque encantado a nuestros pies.